noviembre 15, 2010

Cuentos de langostas

Título "Shari Herbert en el día de la langosta" 




Hace mucho tiempo existió un poeta y ensayista de nombre Gérard de Nerval. Vivió en París y durante un tiempo contó con una langosta de nombre Thibault como mascota. Gérard paseaba a su particular mascota con una cinta de seda azul. ¿Porque una langosta debería ser más ridícula que un perro? se preguntaba. En el año de 1855 el poeta se suicidó ahorcándose de una farola. Aun se ignora quien conservó la custodia de su langosta.


La semana pasada le pregunté a E. si sería capaz de meter una langosta viva en agua hirviendo, procedimiento de cocina indispensable para disfrutar de  una  buena langosta fresca (imagen que me remonta a cierta escena de la famosa película Annie Hall).
 E. me dijo que No. Le parecía salvaje la sola idea, así que llegamos a la conclusión que  personas civilizadas como nosotros deberían embriagar a la langosta con un poco de coñac primero, antes de golpear su cabeza con un mazo.  Ya tenemos un plan, aunque presiento que dicho acontecimiento será postergado lo más posible e incluso para siempre.



1 comentario:

Alan Balthazar Del Angel dijo...

langosta alcoholizada
:)